viernes, 3 de julio de 2015

Léeme y te cambiaré: de cómo la lectura cambia mentes (2)

Uno de los primeros «libros» que conservamos no sabemos lo que quiere decirnos, solo que parece formar un silabario en vez de un alfabeto. En realidad es un simple soporte físico para almacenar conocimiento escrito con forma de disco de arcilla endurecida por cocción al horno. Sus dos caras están grabadas con una escritura en espiral que va desde el borde del disco hacia el centro. En total se aprecian 45 símbolos indescifrables que, además, no se parecen a ningún otro sistema de escritura conocido.

El disco de Faístos, una suerte de frisbee de los Picapiedra, probablemente fue esculpido en el 1700 a.C. Más que un libro, de hecho, podemos decir que estamos ante la primera manifestación de un prototipo de imprenta, pues los símbolos del disco fueron impresos por medio de sellos en la arcilla blanda, y no labrados a mano. Aún no los hemos encontrado, pero posiblemente este juego de sellos produjo grandes cantidades discos con información.

Pero el texto escrito no desplegó su verdadero poder transformador hasta el desarrollo de un papel económico y el formato de unirlo entre sí en forma de libro. Hasta entonces, escribir en cualquier otra superficie no era una forma eficaz de comunicación. El papel y el pergamino no solo eran caros, sino trabajoso de rellenar con palabras. Así que todo se apiñaba hasta límites que rozaban lo ininteligible, como explica Bill Bryson en su libro Shakespeare:


No había separación entre párrafos; de hecho, no había párrafos. Allí donde acababa una entrada, empezaba la siguiente sin solución de continuidad ni números o encabezamiento que identificasen cada caso o los separasen entre sí.

El poder de los libros apenas es perceptible hasta que se desarrolla un sistema rápido y barato de copiarlos en masa. En primer lugar porque ello permite que los libros lleguen a más gente, pero aún más importante: porque sin abundancia de libros no hay incentivos para aprender a leer y, mucho menos, aprender a escribir. Así pues, el desarrollo de la imprenta, a partir de 1436, fue un proceso parejo al desarrollo de la alfabetización.

El número de libros producidos en los cincuenta años siguientes a la invención de Gutenberg igualó la producción de los escribas europeos durante los mil años precedentes. Tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:


A finales del siglo XV, cerca de 250 ciudades europeas tenían imprenta, y unos 12 millones de volúmenes ya habían salido de sus prensas. En el siglo XVI la tecnología de Gutenberg saltó de Europa a Asia por Oriente Próximo; y también a las Américas, en 1539, cuando los españoles fundaron una prensa en la Ciudad de México. […] Aunque a la mayoría de los impresores les movía el ánimo de lucro fácil, su distribución de los textos más antiguos ayudó a dar profundidad intelectual y continuidad histórica a la nueva cultura centrada en el libro.

Una de las primeras manifestaciones del poder de los libros llegó poco después de la invención de la imprenta, pero no a través de los libros, sino de unos papeles con poderes sobrenaturales. Y es que, de acuerdo con la teología católica, una indulgencia es una manera de reducir la cantidad de tiempo que alguien pasa en el purgatorio por pecados que ya han sido perdonados.

El procedimiento para obtener indulgencias pasa por hacer donaciones a la Iglesia. Hasta el desarrollo de la imprenta, las indulgencias se escribían a mano en un papel. Es decir, que emitir indulgencias era relativamente lento. Si bien el trabajo más conocido de Johannes Gutenberg fue su Biblia, no fue su primer trabajo, ni mucho menos el de mayor volumen. Ese récord lo ostenta la indulgencia. Gracias a su imprenta, se pudieron imprimir cantidades ingentes de indulgencias; y a más indulgencias, más dinero para la Iglesia. Hacia 1550, el volumen de indulgencias que circulaba era tal que perdieron su sentido por su abundancia.

Pero esos fueron efectos colaterales de un poder que aún no se había encauzado, y que a día de hoy continúan existiendo en diversas formas, como los mensajes tautológicos de las galletas de la fortuna o los horóscopos. Al comenzar la distribución masiva de libro también se distribuyó una forma de introducirnos en mentes de personas que nunca habían llamado la atención de los demás, como los niños, los negros o las mujeres, amén de las clases menos favorecidas.

En primer lugar, porque el libro permite la exposición ponderada de ideas complejas, eliminando la aportación subjetiva de cada amanuense y favoreciendo el enfoque más racional y analítico. Y, en segundo lugar, porque el libro permite leer acerca de los sentimientos de personas como si nos transformáramos en ellas durante un tiempo, propiciando la potenciación de la empatía, el humanismo y el desarrollo de los derechos civiles.

Es la hipótesis que manifestan los psicólogos Raymond Mar y Keith Oatley en
su estudio publicado en Journal of Research in Personality. El sentimiento abolicionista en Estados Unidos coincidió con la publicación de La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Y los malos tratos infantiles en orfanatos empezaron a combatirse justo después de la publicación de novelas como Oliver Twist (1838) y La leyenda de Nicholas Nickleby (1839), ambas de Charles Dickens. Tal y como abunda en ello psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Cuando sabemos cómo piensa otra persona, observamos el mundo desde la posición estratégica de esa persona. No solo captamos visiones y sonidos que no podríamos experimentar directamente, sino que entramos en esa mente ajena y compartimos temporalmente sus actitudes y reacciones.


Naturalmente, que los libros puedan agudizar la empatía no significa necesariamente que todos los libros hagan lo propio per se. También los libros han propagado ideas sesgadas, prejuicios y odio, como sostiene la experta en literatura Suzanne Keen en su obra Empathy and the Novel.

Éste es el poder de los textos escritos. Pueden cultivar el conocimiento o la ignorancia, el bien o el mal, la reflexión o la irreflexión. Pero indudablemente genera cambios sociales y psicológicos, y vuelve mucho más interesantes a las sociedades. Como este mismo artículo. Que espero que también haya obrado algún pequeño cambio en tu constelación neuronal. O no.

Lenguaje corporal

Las hemos oído mencionar hasta la saciedad en series como Lie To Me, siendo “protagonistas” en el arte de determinar si una persona está mintiendo o no; sabemos que tienen que ver con las expresiones de nuestro rostro, pero ¿Qué son realmente? ¿Cómo se manifiestan?

Las microexpresiones son movimientos involuntarios de los músculos de la cara, en momentos especialmente emotivos y que estén relacionados con una situación que pueda provocarnos ansiedad; ya sea por motivos positivos o negativos. En la actualidad, se ha determinado que las siete emociones básicas (Alegría, rabia, tristeza, sorpresa, desprecio, miedo y asco) no pueden ser “falsificadas”, pues los músculos de la cara se mueven, en la mayoría de los casos, de manera automática, y no hay forma que podamos reproducir esos movimientos perfectamente de manera consciente, aún con mucha práctica.

Inclusive los actores profesionales, cuyo trabajo versa precisamente en tal falsificación, no podrían ser más efectivos que un no iniciado en las artes escénicas si se enfrenta a una situación de peligro inminente, o de profundo estrés emocional, pues su reacción será tan primaria como la nuestra. 

Automáticas e involuntarias
Las microexpresiones se llaman así no precisamente porque sean muy pequeñas, sino porque su duración en el rostro humano es increíblemente corta (aproximadamente la vigésima parte de un segundo). A tal velocidad, y combinándola con la conversación, los movimientos del cuerpo, los gestos manuales y la iluminación (todos elementos distractores), es muy posbile pasarlas por alto. 

Es por ello que para un estudio verdadero de esos micromovimientos, es necesario filmar a alta definición al sujeto, para que tengamos la posibilidad posterior de ver la grabación una y otra vez, si es posible cuadro a cuadro. 

Para facilitar su estudio, Paul Ekman, un científico estadounidense, creó el Facial Action Coding System (FACS), que es un método para clasificar los movimientos asociados a los músculos de la cara . Puesto que combinar los movimientos de músculos individuales sería una tarea titánica a la vez que poco práctica, Ekman decidió agrupar los músculos en “clusters” o Unidades de Acción, de tal manera que fuese más fácil su clasificación. Claro está, la frase “más fácil” es un eufemismo que se queda corto, pues aún con esta aproximación simplificada es posible contar más de 10.000 expresiones faciales distintas. 

El “Proyecto Wizards” Ekman llevó a cabo una investigación llamada “El Proyecto Wizards (magos)”, posteriormente llamada Proyecto Diógenes. Consistía en determinar qué porcentaje de la población era capaz, de manera natural, de determinar a simple vista si una persona está mintiendo o no. Los llamados “Magos” que determinaba el estudio, eran aquellas personas que podían ubicar mentiras con una efectividad mayor al 80% (presumiblemente por su facilidad para detectar microexpresiones de manera natural), mientras que una persona común y corriente no es mucho mejor que un aleatorio 50%. 

El Estudio reveló que apenas el 0.0025% de la población tiene esta facultad, pues de 20.000 personas estudiadas, tan sólo 50 cumplieron con el criterio. Hechos como éste han ayudado a alimentar el “mito” de los mentalistas que son capaces de leer la mente de las personas, cuando en realidad simplemente son individuos con una excelente capacidad de observación. La práctica hace al maestro Existe también una herramienta en línea llamada Micro Expression Training Tool (METT) que es una aplicación flash muy sencilla donde podemos aprender sobre las microexpresiones y los distintos tipos de emociones, qué músculos están implicados en cuál manifestación y prácticas o “drills” para revisar nuestras habilidades. 

Evidentemetne, a medida que avanzamos con la herramienta, ésta se hace progresivamente más difícil; y por otra parte, los ejercicios que antes nos parecían imposibles comienzan a resolverse con suma facilidad, puesto que nuestro cerebro se va acostumbrando a ver áreas precisas de la cara que son comunes a varias emociones. Aplicaciones en la actualidad El estudio de las microexpresiones faciales ha probado su valía con creces en campos tan dispares como la criminología, la psicología, la medicina e incluso la animación de personajes 3D.

jueves, 2 de julio de 2015

Estroncio

Se trata de uno de esos elementos que cumplen una propiedad para ser descubiertos pronto, pero no la otra: es muy abundante en la corteza terrestre, pero no se encuentra puro jamás. Por lo tanto, es uno de esos “elementos escondidos”, con los que hemos convivido durante toda nuestra existencia en el planeta sin saber que estaban ahí. De hecho, como veremos luego, lo de convivir no es una manera de hablar: el estroncio es una parte de tu propio cuerpo.

Al tener 38 protones, el estroncio se encuentra en la tabla periódica justo por debajo del calcio y por encima del bario. Es, por lo tanto, un metal alcalinotérreo cuya tendencia natural es librarse de dos electrones para alcanzar la estabilidad electrónica. Dicho de otro modo, su estado de oxidación más común es +2.

En cuanto el estroncio entra en contacto con el oxígeno del aire, se oxida para formar óxido de estroncio (SrO), de modo que es imposible tenerlo puro al aire libre. Ya hemos hablado antes de muchos otros metales que hacen lo mismo. Otro alcalinotérreo, el magnesio, se usó durante años de este modo para hacer de flash en las cámaras de fotos antiguas, ya que la oxidación es tan rápida que es una combustión.

Bien, el estroncio es mucho más reactivo con el oxígeno que el magnesio: en el caso del segundo, hacía falta una chispa para iniciar la oxidación. El estroncio pulverizado arde espontáneamente en el aire. Esto te da una idea de lo difícil que es encontrarlo puro. De hecho, reacciona con casi cualquier otro elemento que esté dispuesto a aceptar electrones, de manera que en la Tierra sólo se encuentra asociado en forma de moléculas, sobre todo en rocas.

Pero, como decía al principio, hay bastante estroncio en la corteza: ocupa el lugar número 16 en abundancia entre el carbono y el azufre, con una concentración de unas 360 partes por millón. De modo que, según nuestra capacidad de discernir elementos fue avanzando, era inevitable que lo encontráramos. Seguro que adivinas cuándo sucedió: en la fiebre del siglo XVIII, aunque no lo aislamos hasta principios del XIX. Y la historia hace que éste sea el tercer elemento que hemos visto, junto con el cobalto y el níquel, que incluye el nombre de una criatura feérica.

En 1722 se descubrió galena cerca de un pueblo del oeste de Escocia llamado Strontian. La galena es un mineral compuesto fundamentalmente por sulfuro de plomo (II) (PbS), y es de gran importancia por ser la principal fuente de plomo de la que disponemos. De modo que se abrieron minas en Strontian para extraer galena.

El nombre del pueblo en gaélico escocés, por cierto, de donde derivó Strontian en inglés, es Sròn an t-Sìthein, que significa algo así como La nariz de la colina de las hadas, del gaélico sídhe (hada). De ahí vendría luego el nombre del estroncio, que por tanto tiene parte de nariz y parte de hada. Pero no me quiero ir más por las ramas.

Como sucedió con tantas otras minas, la de Strontian proporcionó a los químicos del XVIII rocas que examinar en busca de nuevos elementos. Además de galena, las minas de Strontian extraían otros minerales, entre ellos un carbonato parecido a otros conocidos, como el carbonato de calcio (CaCO3). Cuando el químico y médico Adair Crawford examinó ese carbonato junto con su colega William Cruickshank en 1790, descubrió que tenía propiedades sutilmente diferentes de otros carbonatos de las tierras alcalinas ya conocidas, como el calcio y el bario.

Hoy en día sabemos que esa roca, que llamamos estroncianita, es realmente carbonato de estroncio (SrCO3), similar al de bario o calcio pero, efectivamente, de propiedades ligeramente distintas por tratarse del carbonato del elemento que está justo entre los otros dos.


Crawford y Cruickshank concluyeron que muy probablemente existía en ese mineral un elemento nuevo, pero fueron incapaces de aislarlo de la roca. Otros químicos de los años posteriores confirmaron la existencia de un nuevo elemento en la estroncianita, pero tampoco lograron aislarlo – no bromeaba cuando decía que el estroncio tiene una verdadera obsesión con librarse de esos electrones y aferrarse con uñas y dientes al elemento que los acepta.

Hacía falta un genio experimental con años de experiencia aislando elementos a sus espaldas para obtener el misterioso componente de la roca de Strontian: Sir Humphry Davy lo consiguió en 1808. Primero Davy obtuvo un compuesto diferente del elemento usando métodos puramente químicos, cloruro de estroncio (SrCl2). Luego lo mezcló con óxido de mercurio (II) (HgO), y sometió la mezcla al proceso de la electrólisis: en uno de los electrodos se depositó lo que era evidentemente un metal.

Davy denominó al elemento strontium (estroncio) en honor al lugar en el que se había observado por primera vez. El inglés no obtuvo al principio grandes cantidades del metal, y como he dicho antes es imposible que dure mucho tiempo puro al aire, pero ésta es su apariencia inusual y muy bella:



Esa muestra, por cierto, está en un recipiente hermético lleno de argón, un gas inerte, de modo que no se oxide. Además de reaccionar rápidamente con el oxígeno, también lo hace con el agua para producir hidróxido de estroncio e hidrógeno molecular:

Sr + 2H2O → Sr(OH)2 + H2

Aquí puedes ver una reacción de ese tipo (aunque el estroncio de la muestra tiene la superficie oxidada, por eso ya no tiene el color dorado original):

A diferencia de otros metales similares, muy reactivos y por lo tanto inútiles como elementos estructurales, el estroncio encontró rápidamente un uso práctico sorprendente: la producción de azúcar de remolacha.

Para extraer el azúcar de la melaza obtenida de la remolacha, dos franceses, Hippolyte Leplay y Augustin-Pierre Dubrunfaut, desarrollaron un proceso que involucraba el carbonato de estroncio para extraer una cantidad de azúcar mayor que nunca del tubérculo. Un alemán, Carl Scheibler, perfeccionó el método hasta convertirlo en algo fundamental en la industria azucarera de finales del XIX y principios del XX.

Lo bueno del proceso es que el carbonato de estroncio, como un catalizador, se recuperaba al final del proceso, de modo que el consumo de este elemento no era exagerado. Sin embargo, siempre hay pérdidas en cualquier proceso industrial, de modo que la demanda de estroncio para producir azúcar fue enorme durante décadas: la casi totalidad de su producción mundial en el cambio de siglo se empleaba con ese propósito.

Posteriormente se encontraron otras formas de extraer los azúcares más eficaces, y hoy en día una gran cantidad del azúcar se obtiene de la caña de azúcar y no la remolacha. Sin embargo, según el papel del estroncio en la producción de azúcar fue perdiendo importancia, la ganó en otro campo diferente pero también sorprendente: la televisión.

Hasta hace relativamente poco, los televisores y los monitores de ordenador empleaban tubos de rayos catódicos para producir la imagen. Seguro que los conoces (aunque a veces no me doy cuenta de lo viejo que soy): los televisores de gran profundidad, que acumulan estática en la pantalla.

Ya hemos hablado aquí muchas veces de los rayos catódicos, por ejemplo al hacerlo de Johannes Stark, y en el caso de esos televisores el tubo dispara electrones contra la pantalla, y emplea campos magnéticos para dirigir los electrones a la zona de la pantalla que se desea. Allí los electrones impactan contra ella desde dentro y producen la imagen. No voy a entrar aquí en mucho detalle, porque no es el propósito de este artículo.

Lo importante es que cualquier carga eléctrica que sufre una aceleración o deceleración emite radiación electromagnética, tanta más cuanto mayor sea esa aceleración y mayor la carga. Así, las máquinas de rayos X de los hospitales disparan electrones contra un metal y, al frenarse bruscamente, los electrones emiten radiación muy energética: rayos X.

Bien, en el caso de los televisores CRT (es decir, de tubo de rayos catódicos, por las siglas en inglés), los electrones también son frenados bruscamente y emiten radiación muy energética: entre otras cosas, rayos X. Pero claro, en este caso se trata de un efecto no deseado y es absolutamente fundamental proteger el exterior del aparato de esa radiación ionizante. Por eso el tubo está recubierto de compuestos con plomo, que absorbe muy bien los rayos X.


Pero el cristal de la pantalla no puede estar recubierto con plomo, porque debe ser transparente. Muy pronto los ingenieros se dieron cuenta de que el bario y, sobre todo, el estroncio, formando parte del vidrio, actuaban como escudo que absorbía muy bien la radiación X pero dejaba pasar la luz. Algo ideal: en el visible, el vidrio es transparente, pero los rayos X no pueden salir.

Este renacimiento del estroncio como componente de las televisiones, tras haber sido protagonista con la remolacha, duró también unas cuantas décadas, pero está decayendo. La razón es que apenas se usan ya tubos catódicos en monitores y televisiones, aunque sigue suponiendo las tres cuartas partes del consumo mundial de estroncio. Claro, esto se debe en parte a que no tenemos apenas otros usos que lo consuman en gran cantidad.

Un 5% se emplea en fuegos artificiales: el carbonato de estroncio, así como otras sales, arden con una llama de un rojo muy intenso. Por eso se añade a los fuegos artificiales para darles ese color, aunque por supuesto no se trate de una cantidad muy grande incluso a nivel mundial.


El mayor productor actual, por cierto, no es Strontian, ni siquiera Escocia: es China, seguida de España y México. Tampoco se extrae fundamentalmente de la estroncianita en la que lo encontramos por primera vez, sino de la celestita, que es sulfato de estroncio (SrSO4). A partir de ella se produce carbonato de estroncio, que a veces se usa directamente –como en los fuegos artificiales– y otras para obtener estroncio metálico.


Celestita (SrSO4), la principal fuente de estroncio.

Aunque no se trate del uso de estroncio procedente de minas, este elemento tiene otra utilidad que tiene que ver con dos propiedades: una, su papel biológico, y la otra, la existencia de varios isótopos naturales. De modo que vamos con cada una de las dos.

El estroncio no tiene un papel importante en casi ningún ser vivo: es tan similar al calcio químicamente hablando, y ese elemento es tan abundantísimo, que su presencia o ausencia importa poco. El único ser vivo que lo emplea específicamente es una clase de radiolarios, Acantharea, que utiliza el sulfato de estroncio (SrSO4), el mismo que forma la celestita, para construir su esqueleto.

Lo que sí sucede, por la misma razón de su similitud con el calcio más abundante, es que los seres vivos lo absorbemos y empleamos casi indistintamente. Dado que hay mucho más calcio que estroncio, por supuesto, nuestro cuerpo contiene mucho más del primero que del segundo, peroalgunos átomos de tus huesos son de estroncio en vez de calcio. La fracción varía, pero oscila entre 1:1000 y 1:2000.

Esto se hace más interesante por la presencia de isótopos diferentes. El estroncio terrestre existe en cuatro isótopos diferentes, estroncio-84, estroncio-86, estroncio-87 y estroncio-88. Todos ellos tienen 38 protones –o no serían estroncio–, pero el primero tiene 46 neutrones, el segundo 48, el tercero 49 y el cuarto 50.

De los cuatro, uno es especial: el estroncio-87 es el único que es producto de la desintegración de un isótopo inestable, el rubidio-87, que tiene una semivida de unos cuantos miles de millones de años. Por lo tanto, una pequeña parte del estroncio terrestre no ha estado aquí siempre, sino que se ha ido produciendo poco a poco a raíz de la desintegración del rubidio.


Por lo tanto, conociendo la fracción del estroncio de una roca que es estroncio-87 puede saberse si esa roca tuvo en el pasado más o menos rubidio, y dado que esto depende del origen geológico y geográfico de la roca, el porcentaje de estroncio-87 es una especie de “huella dactilar” para ella.

Pero claro, los seres vivos –incluyendo a los seres humanos– incorporan estroncio en sus huesos en lugar del calcio, aunque sea en pequeña cantidad. Y las proporciones de cada uno de los isótopos de estroncio que hay en nuestros huesos dependen en cierta medida de la región geográfica en la que se formó ese hueso. Digo “en cierta medida” porque hoy en día los alimentos viajan tanto que el estroncio que consumimos oculto en el calcio puede venir de otros lugares, pero sigue siendo útil para analizar migraciones de hace muchos años.

Por otro lado, esta absorción de estroncio por nuestro organismo, “confundiéndolo” con calcio, tiene un problema. El estroncio-90 es un isótopo inestable de este elemento, que tiene una semivida de unos 30 años. Por lo tanto, no queda nada en la Tierra de lo que pudiera haber habido antes… excepto el que producimos nosotros.

¿Cómo lo producimos? Es uno de los productos de la fisión de elementos pesados. Esto significa que, si explota una bomba nuclear de fisión –y hemos hecho explotar varias a lo largo del siglo XX– o se expone el núcleo de una central de fisión al aire –y esto nos ha sucedido también en Chernobyl–, se libera estroncio-90.

Pero claro, ese estroncio-90 es estroncio al fin y al cabo, y tiene una semivida de décadas. Por lo tanto, entra en el ciclo del calcio, termina siendo absorbido por plantas, luego animales, y también por nosotros. Y, a diferencia de otros isótopos inestables que puedan entrar en nuestro cuerpo, el estroncio-90 se queda, ¡porque acaba formando parte de nuestros huesos!

El resultado es un isótopo inestable, que terminará desintegrándose en el hueso y liberando partículas muy energéticas y radiación ionizante. De hecho el estroncio-90 es uno de los emisores de radiación beta (electrones muy energéticos) de larga vida mejores que conocemos. Pero claro, tener un “excelente emisor de radiación beta” en los huesos no es muy recomendable. Por eso en este caso la combinación de su papel de pseudo-calcio con la inestabilidad nuclear es un problema.

Fuera de eso, dado que es tan similar al otro metal, el estroncio no supone ningún problema para nosotros. De hecho, algunos estudios sugieren que esa pequeña cantidad en nuestro organismo puede ser incluso beneficiosa y los osteoblastos (las células que producen el tejido óseo) son más eficaces cuando disponen de él.

Cuatro Cienegas

Cuatro Ciénegas es un valle perdido en el desierto de Chihuahua que tiene como 300 pozas de agua de colores. Emergió del mar hace muchos millones de años, cuando la corteza terrestre se dividió, el valle quedó aislado por las diversas montañas que lo rodean y en la laguna comenzó una forma de vida muy singular que es un tesoro invaluable para la humanidad.

En Cuatro Ciénegas es posible encontrar especies animales y vegetales endémicas que tuvieron un proceso evolutivo como el que encontró Charles Darwin en las islas Galápagos. Se trata de una zona con alta densidad de especies endémicas, esto es, especies que solo pueden ser encontradas ahí y en ningún otro lugar del planeta. Esto es especialmente notorio en las especies acuáticas que no existen en ninguna otra parte del mundo. Hay algunos peces y animales característicos de lagunas, tortugas que parecen marinas, pero sobre todo hay estromatolitos, que alimentan a estos peces y caracoles como en el principio de la vida. Los estromatolitos, sin alardear, ¡fueron los organismos que inventaron la fotosíntesis! y sí, se encuentran en ese recinto natural.

El agua de Cuatro Ciénegas le daba de beber a las criaturas más antiguas que han existido, muchas de las cuales, no conocemos. Ellas transformaron el planeta tierra en un planeta habitable. Cuando ellas surgieron en el Arqueano, hace 3 mil 800 millones de años, la atmósfera era irrespirable, era de CO2. El CO2, dióxido de carbono, es con lo que te puedes suicidar, si quieres; y el mar, es ácido sulfúrico. Estas pequeñas criaturitas, que sobrevivieron para contarnos la historia de Cuatro Ciénegas, cambiaron primero la atmósfera a una atmósfera de oxígeno que ahora respiramos, es decir, fotosintetizaron por primera vez en la historia del planeta. Luego precipitaron una gran glaciación, que se le llamó ‘la bola de nieve 2’, que le dio agua fresca con fósforo y oxígeno a las primeras algas, aquellas que descubrió la eminente científica Lynn Margulis y gracias a eso estamos aquí, porque esas pequeñas bacterias que hacen los estromatolitos en Cuatro Ciénegas cambiaron el destino del planeta. A ellas les debemos no sólo la civilización sino el estar vivos. Las formas de vida aquí son tan extremas y tan antiguas, que incluso la NASA ha hecho estudios aquí para estudiar posible vida en Marte.
Pero no todo es miel sobre hojuelas. La doctora Valeria Souza Saldivar, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM, ha dedicado sus estudios a Cuatro Ciénegas. En un estudio que realizó en Octubre de este año en una de la zona de Churince, la Doctora relata en un escenario donde los peces habían muerto por falta de agua y las tortugas habían rasguñado la tierra antes de morir, “Lo que más me dolió fueron los rasguños de las tortugas marinas buscando el agua que ya no hay. Las patitas de los coyotes y de los mapaches las encontraron agotadas y se las despacharon cuando ya habían muerto de agotamiento buscando el agua. Los estromatolitos estaban totalmente muertos. Es un crimen, un ecocidio. Lo que me tiene más rabiosa es que se pudo haber evitado, dimos la alarma a tiempo y el gobierno que en teoría iba a actuar, no hizo nada porque le dio la tarea a un inepto: José Luis Luege Tamargo, el comisionado del agua” Este hombre ha vendido el agua de esta zona a empresas lecheras, como Nestlé, Lala y Alpura, quienes la usan para regar cultivos de forraje y alimentar vacas en una zona donde el agua no debería usarse para cultivos.

“Solo cinco años nos tomó asesinar Churince y ahora queremos salvar los dos tercios del valle que aún pueden rescatarse si se actúa rápidamente y se para la extracción del acuífero con un decreto presidencial de ‘¡Salven esto!”

“Es inconcebible que se pierda la riqueza de Cuatro Ciénegas por la apatía y la soberbia de individuos como Luege Tamargo instalados en el poder que no tienen la menor idea de la riqueza científica del valle y restan importancia a lo mejor por intereses inconfesables. Si lo que los políticos buscan es popularidad y la simpatía de la gente, que lo consigan a través de un trabajo dirigido al bienestar de la población mexicana y no enfocado a sus intereses personales.

No todo está perdido, se espera crearse un laboratorio en esa zona que ayude a su conservación y protección, en la que los pobladores de la región se beneficiarían de las investigaciones. Como ciudadanos podemos ayudar informándonos, informando y evitar consumir productos que contribuyan a esta devastación. Como estudiantes, considero que debemos informarnos y contribuir al estudio de esta zona. No solo en el ámbito científico, sino como conocedores de los ecosistemas naturales, buscar tener una voz en la toma de decisiones de los recursos naturales del país.

Les dejo un video de la Doctora Souza explicando la importancia de Cuatro Ciénegas :)




miércoles, 1 de julio de 2015

Léeme y te cambiaré: de cómo la lectura cambia mentes (1)

Ahora estás leyendo estas palabras y estas palabras están modificando conexiones en tu cerebro. Las lees así: asimilando una palabra clave cada vez, más cuatro caracteres a la izquierda y quince caracteres a la derecha.

Saltas de un fragmento a otro haciendo una pequeña pausa que te permite entender el significado de cada palabra. Los receptores que procesan lo que ves están agrupados en la fóvea, una reducida zona justo en mitad de la retina, por eso solo puedes fijarte en esta pequeña cantidad de texto cada vez. La resolución de tus ojos (si es que no necesitas gafas graduadas) es de aproximadamente dos décimas de milímetro, algo menos que el diámetro del punto con el que termina esta oración.

Los cambios que ahora mismo estoy produciendo con estas palabras se han medido, y son distintos en función del idioma en el que escriba, el número de metáforas o palabras cultas que use. No es lo mismo leer «hello» que «hola». Tampoco «mueca» que «visaje». Las palabras, bien usadas, también son capaces de agudizar tu sensibilidad, o permitirte reflexionar de forma constante y profunda acerca de temas complejos. A diferencia de una transmisión oral, lo que ahora lees no es producto de la espontaneidad, sino de la documentación, la esquematización de la información que quiero transmitirte, la corrección de las frases para que expresen justo lo que quiero que transmitan.



A su vez, tú puedes leer a la velocidad que necesites, releer, reflexionar, seguir leyendo. Incluso tachar y reescribir. Ésta forma de comunicarnos basado en la baja tecnología (aunque el soporte en el que estás leyéndome probablemente sea hi-tech) es la manera más eficaz de meterte en mi mente, y yo en la tuya.

Porque el lenguaje escrito y, por extensión, esos conjuntos de láminas unidas entre sí por goma o hilo salpicadas de una cantidad mínima de manchas de tinta que semejan insectos aplastados, esto es, los libros, te permiten viajar hasta finisterres inalcanzables por medios de transporte convencionales. Antes de sumergirse en determinadas lecturas, de hecho, habría que inyectarse todo tipo de vacunas, como si fuéramos el Barón von Humboldt antes de empezar la búsqueda de las fuentes del Amazonas.

Leer el contenido de un libro obra un cambio inmediato en el lector, como si se tratara de un grimorio de Harry Potter, y estos cambios se advierten a nivel anatómico. Los cerebros lectores, frente a los cerebros analfabetos, por ejemplo, son diferentes a muchos niveles, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís: el cerebro lector entiende el lenguaje de otra forma, procesa de manera distinta las señales visuales, incluso razona y forma recuerdos de otra manera.

Por ello, tal y como sugiere
un estudio de psicólogos de la Universidad de Liverpool realizado mediante escáner cerebral, a los lectores de libros clásicos, donde abundan más palabras raras o desconocidas, se les dispara la actividad cerebral porque suponen un reto mayor. Para demostrarlo, los voluntarios leyeron textos de William Shakespeare, William Wordsworth y T.S Eliot, entre otros.

El contenido del libro también produce unos u otros cambios, así como el idioma en el que está escrito. Por ejemplo, no es lo mismo leer en inglés que en italiano: los primeros usan más las áreas del cerebro asociadas con descifrar formas visuales que los segundos. La razón podría residir en que las palabras inglesas presentan más a menudo una forma que no hace evidente la pronunciación.


Karl Landsteiner y las rarezas de los grupos sanguíneos

Karl Landsteiner. Patólogo e inmunólogo estadounidense de origen austriaco. Mientras trabajaba como ayudante en el Instituto de Patología de Viena detectó varias diferencias en la sangre humana, directamente relacionadas con los problemas de rechazo experimentados durante las transfusiones. En 1901 demostró la existencia de, al menos, tres tipos básicos de sangre humana que se diferenciaban por el tipo y la cantidad de antígenos que poseían. Landsteiner acuñó los términos A, B y 0 para designar estos tres tipos o grupos sanguíneos distintos.

Las primeras pistas sobre por qué las transfusiones de principios del siglo XIX habían fracasado eran los cúmulos de sangre. Cuando los científicos a finales de 1800 mezclaban sangre de diferentes personas en tubos de ensayo, a veces los glóbulos rojos quedaban pegados, o sea, se aglutinaban. Pero, como la sangre por lo general provenía de los pacientes enfermos, los científicos pensaron que aglutinaba por algún tipo de patología que no valía la pena investigar. Nadie se molestó en ver si la sangre de personas sanas aglutinaba. Hasta que llegó Karl Landsteiner.

El médico vienés preguntó qué pasaba así que empezó a recoger muestras de miembros de su laboratorio, incluido él mismo. Separó el plasma de las células y empezó a mezclar el plasma de unos con las células de otros. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la aglutinación sólo se producía si se mezclaba entre determinas personas que, ordenando según sucedía, separó en tres grupos: A, B y C. Posteriormente el C pasaría a llamarse O y se descubriría el grupo AB.

Si mezclaba el plasma del grupo A con células rojas de la sangre de otra persona en el grupo A, el plasma y las células se mantenían en forma líquida. La misma regla se aplicaba al plasma y los glóbulos rojos del grupo B. Pero si Landsteiner mezclaba plasma del grupo A con células rojas de la sangre de B (y viceversa) entonces había aglutinación. A mediados del siglo XX Philip Levine descubriría cómo categorizar la sangre según el factor Rh.

Landsteiner nunca llegó a saber qué era lo que distinguía una sangre de la otra. Posteriores generaciones de científicos descubrieron que la superficie de las células rojas de la sangre tienen diferentes moléculas en su superficie. Aun así, su descubrimiento fue el pistoletazo de salida para las transfusiones de sangre a gran escala y tener los bancos de sangre como tenemos hoy día, y por ello se llevó el Premio Nobel de Medicina del año 1930.

Pero hecho el descubrimiento y conocida la causa de los problemas con las transfusiones hubo otra pregunta que se planteó: ¿por qué? ¿por qué existen grupos de sangre?
Y todo por un gen
En la década de los 1990 los científicos descubrieron el gen responsable del grupo de sangre es uno solo al que llamaron gen ABO. Diferentes grupos de sangre difieren en este gen. Y también han encontrado que nuestros tipos de sangre son muy antiguos. Los gibones y los seres humanos tenemos variantes para los grupos A y B, y esas variantes proceden de un ancestro común, que vivió hace 20 millones de años. Y todavía queda analizar la sangre de más primates. Los chimpancés, por ejemplo, sólo tienen tipos de sangre A y O, mientras que los gorilas, por otro lado, tienen sólo B.

No se sabe si el hecho de que existan grupos de sangre sea debido a una presión selectiva o, por el contrario, que hayan surgido por falta de presión selectiva. Los científicos siguen buscando.

Y todo se complica más. En el año 1952 los científicos descubrieron en Bombay un grupo de personas que no tenían ningún tipo de sangre ABO. A esta condición se le llamó fenotipo de Bombay. Son personas normales, salvo que en el caso de que tuvieran que recibir una transfusión, sólo podrían recibir de su mismo tipo. Ni siquiera pueden recibir de la O. Y tampoco es el único.

Existen otros muchos factores raros, como el Rh nulo, de los que se han encontrado apenas 43 personas en todo el mundo. Una de estas personas,
Thomas, tiene una leve anemia, por lo que dona sólo 4 veces al año. Lleva siempre consigo una tarjeta en la que pone su tipo de sangre, ya que una transfusión de cualquier otro grupo podría ser letal. Y sólo viaja a países donde sepa que va a ser bien atendido en caso de problemas: los que menos problemas burocráticos pongan a la hora de trasladar la sangre de un país a otro.

Así que si sois de los O que sólo tiene un 5% de la población mundial, podéis sentiros afortunados.

lunes, 29 de junio de 2015

Guías de examen extraordinario 2015

Los alumnos que tienen que presentar el examen Extraordinario de Temas selectos de biología o Biología , le dejo la guía actualizada del 2015 para presentar el examen, por favor asistan a las asesorías que se estarán dando en el siguiente horario: Lun y Mar de 7:00 a 8:00 de la mañana y el Mier y Vier de 12:00 a 13:00 horas. Por favor asistan ya que se resolverán las dudas correspondientes.
Suerte!!! 
Guia de Biología
Guia de Temas

viernes, 26 de junio de 2015

Escarabajo Goliat

El Escarabajos Goliat es un género de coleópteros de la familia Scarabaeidae. Estos gigantes insectos son los más voluminosos que existen, aunque no los de mayor longitud.

Un escarabajo Goliat adulto puede medir entre 5 a 11 centímetros de longitud, y su larva puede llegar a pesar 100 gramos. Son tan grandes que cuando vuelan producen un sonido similar al de un helicóptero.

Las larvas de los Escarabajos viven del suelo, requiere gran cantidad de proteinas obtenidas de material vegetal en descomposición, como la madera podrida y la acumulación de hojas en descomposición. Las larvas son capaces de crecer hasta 130 mm de largo, y alcanzar pesos superiores a 100 gramos.



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viernes, 19 de junio de 2015

Guía de Extraordinario de Temas

Bienvenidos a todos los alumnos de generaciones pasadas y actuales que por desgracia tienen que hacer el examen extraordinario de Temas Selectos de biología, aquí tienen una guía de estudio para que comiencen a preparar su examen. Mucha suerte!!!

Descarga la guía presionando el botón

El telescopio Hubble

 Díficil de Creer
En este programa:

El telescopio Hubble

Las hormigas Zombies (hongos cordiceps)

La ciencia del Deporte

La vida de Oscar Pistorio

Protesis

Calificaciones